14 de diciembre de 2010

La gracia de la vida

Ayer lloré, o al menos se me saltaron las lágrimas de forma descontrolada, y si bien la escusa habitual es decir que se me ha metido algo en el ojo bien tendría que haber sido algo grande para ser cierto. Como no soy dada a airear sentimentalismos privados, se hace evidente que no lloraba por desamor o una pena mayor, no.

Me pillé el dedo en la puerta, una de mis típicas torpezas. A esto estoy yo con las lágrimas en los ojos sufriendo un dolor tremendo y mi madre llega, me ve, y me dice; «ya te has resfriado», mi respuesta fue, como se imaginan; «no, me he pillado el dedo». Debió de ser bastante graciosa la cara que tenía o tal vez el tono en que lo dije, porque mi madre lo encontró bastante gracioso. Yo, en cambio, no fui capaz de encontrar mi sentido del humor.

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