Encuentro realmente fascinante cómo una cadena de supermercados que consideraba más o menos pasable puede llegar con tanta facilidad a ser cutre. Cruzar las puertas del Mercadona es una verdadera aventura para nuestros oídos, hasta el punto que cuesta pensar, porque en serio, no me oigo los pensamientos.
Tenemos a las pescaderas que se dedican a gritar a pleno pulmón su gran variedad de productos y los variados modos de cocinarlos y luego en otro extremo del establecimiento tenemos a las carniceras que pregonan otro tanto. De modo que nos paseamos con el carrito entre una variada gama de frases al estilo: "¡señora no pase de largo!", "¡que está muy baratito!", "¡niña compra los...!".
Ahora por lo visto un supermercado ya no es un supermercado sino un mercadillo a pie de calle con señoras que prácticamente te ponen el pescado debajo de las narices para que lo compres. Ya puestos, que también pregonen en la sección de panadería, y en cada pasillo, ya que les ha dado por innovar... Eso sí, cutre, cutre.
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